ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- Aunque el estruendo de los misiles en Ucrania o los bloqueos en el Mar Rojo parezcan geográficamente ajenos, sus ondas expansivas impactan con fuerza en las costas del Caribe. Para economías insulares como la de República Dominicana, la guerra no es una noticia lejana; es un factor determinante en el costo de la vida.
Sin embargo, el análisis actual sería incompleto —e hipócrita— si ignoramos el conflicto que desangra nuestra propia frontera: la crisis de Haití.

El impacto económico se manifiesta en una doble pinza. Por un lado, la inflación importada por los conflictos transoceánicos eleva el costo de los combustibles y los fertilizantes, encareciendo la canasta básica.
Por otro lado, la implosión del Estado haitiano ha transformado lo que era nuestro segundo socio comercial en un agujero negro de incertidumbre. El gran perdedor es el intercambio formal y seguro; el comercio binacional, motor de la zona fronteriza, hoy sobrevive bajo el asedio de bandas y la inestabilidad política, obligando al Estado dominicano a desviar recursos millonarios hacia la seguridad y defensa que bien podrían ir a inversión social.
El giro inesperado en esta narrativa es que, mientras el mundo se fragmenta en bloques geopolíticos distantes, nuestra región enfrenta una crisis de seguridad interna que amenaza la logística regional.
La inestabilidad de Haití no es solo un tema migratorio; es un lastre para la competitividad del Caribe frente al nearshoring. Ningún inversionista busca instalarse en un vecindario donde el incendio de al lado amenaza con saltar la cerca.
A lo que debemos estar preparados es a una «economía de contingencia» permanente. La bonanza de la estabilidad barata terminó. El Caribe debe fortalecer su autonomía energética para no ser rehén de los precios del petróleo en guerra, pero también debe liderar una diplomacia regional más agresiva para contener el colapso haitiano.

La resiliencia ya no es una opción académica; es la capacidad de mantener el crecimiento mientras se navega entre el alza de precios global y la volatilidad de una frontera que demanda atención urgente.
En este escenario, nuestra mejor defensa es la institucionalidad y la diversificación de mercados, entendiendo que la paz del vecino es, en última instancia, nuestra propia salud financiera.







