ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- En la política dominicana de este 2026, parece coexistir dos países distintos. Uno se observa desde los despachos oficiales y las pantallas de alta definición: un país de indicadores macroeconómicos estables, reconocimiento internacional y una gestión de imagen quirúrgica que proyecta un control total sobre el timón del Estado.
El otro se siente en el asfalto, en la fila del supermercado y en las paradas del Metro: un país donde el costo de la vida y la inseguridad ciudadana generan un ruido sordo que las estadísticas no logran silenciar.

El Gobierno ha decidido apostar todo a la estabilidad. En un mundo sacudido por el conflicto entre Estados Unidos e Irán y la volatilidad del petróleo, la administración de Luis Abinader ha blindado su discurso en la resiliencia.
La estrategia es clara: proyectar que, frente a la tormenta global, República Dominicana es el puerto más seguro. No es solo política económica; es una arquitectura de comunicación diseñada para que el ciudadano asocie la figura presidencial con la calma y el orden. Sin embargo, toda gestión de imagen corre el riesgo de volverse cristalina: hermosa a la vista, pero frágil ante el impacto de la realidad cotidiana.
Es precisamente en esa fragilidad donde la oposición intenta sembrar su bandera. Tras un periodo de introspección y reorganización, los partidos contrarios han dejado de lado las críticas abstractas para enfocarse en los temas sociales como eje de su ofensiva.
El alto precio de los alimentos, las deficiencias persistentes en el sector eléctrico y la brecha entre el salario real y la canasta básica son hoy las municiones de una narrativa que busca humanizar la política frente a la frialdad de los números.
Para la oposición, el crecimiento del que habla el Palacio no es más que una «maqueta» que no se siente en los bolsillos de la clase trabajadora.
El giro inesperado en este pulso es que la ciudadanía ya no consume relatos cerrados. El votante de hoy es un verificador de datos en tiempo real que contrasta el post de Instagram del funcionario con el precio del pollo en el colmado.
Esta dualidad entre percepción y realidad es el campo de batalla donde se definirá la legitimidad en los próximos meses. Mientras el Gobierno se esfuerza por mantener la «marca país» impecable, la oposición intenta demostrar que debajo de la pintura brillante, la estructura social necesita reparaciones urgentes.
¿Qué debemos esperar?
Una polarización de los discursos. Por un lado, la insistencia oficial en que cualquier desajuste es culpa de la geopolítica externa; por el otro, una presión social creciente que exige que la estabilidad macroeconómica baje del podio y se siente a la mesa.
La verdadera victoria no será para quien tenga el mejor video en redes sociales, sino para quien logre convencer al dominicano de que su bienestar futuro depende de su visión. En esta guerra de percepciones, el árbitro final será, como siempre, el bolsillo del ciudadano.







