ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- Este lunes 30 de marzo de 2026, Santo Domingo despertó con un recordatorio brutal de su propia fragilidad.
El tapón kilométrico en el Kilómetro 9 de la autopista Duarte no fue solo un contratiempo matutino; fue la radiografía exacta de un sistema de movilidad que opera permanentemente al borde del abismo.

Miles de ciudadanos atrapados en un mar de metal y asfalto confirmaron lo que ya es una sentencia cotidiana: nuestra ciudad no fluye, sobrevive.
El caos de esta mañana respondió a una combinación crítica pero penosamente predecible. Al flujo masivo de entrada a la capital se sumaron los ajustes de una infraestructura vial que parece estar en una reorganización eterna.
Cuando los vehículos pesados y el transporte público convergen en este punto, el tramo se convierte en un embudo natural que devora el tiempo y la productividad de quienes vienen desde el Cibao y Santo Domingo Oeste. Basta un incidente menor para que el efecto dominó colapse no solo la autopista, sino todas sus rutas alimentadoras.
Sin embargo, reducir lo ocurrido hoy a una «mala mañana» sería un error de diagnóstico. El Kilómetro 9 es, en realidad, el síntoma de una planificación urbana que sigue corriendo detrás del problema.
Seguimos atrapados en una dependencia excesiva del vehículo privado y en un modelo de ciudad que concentra servicios y empleos en un núcleo hipertrofiado, obligando a miles a cruzar diariamente fronteras invisibles pero congestionadas.
La ausencia de una gestión de tránsito efectiva en tiempo real es el otro gran ausente; no es aceptable que una disrupción en un punto tan sensible paralice el pulmón vial del país sin mecanismos de mitigación inmediata.
Debo admitir que, quizás, desconozco los tecnicismos profundos de la ingeniería civil o la infraestructura pesada, pues mi formación y enfoque profesional se centran en la administración, la geopolítica y las políticas sociales.
No obstante, hablo hoy como uno más de los miles de afectados. Soy parte de esos dominicanos que salen a trabajar de madrugada y que, lamentablemente, deben recorrer esta ruta de lunes a viernes para cumplir con sus responsabilidades.
Lo que resulta difícil de administrar —bajo cualquier lógica de eficiencia— es que precisamente hoy lunes, en pleno horario pico de inicio de semana laboral, se decida ejecutar los trabajos finales para el desmonte del viejo puente peatonal.
Si durante meses hemos visto cuadrillas trabajando en horarios diversos y fines de semana, ¿por qué elegir el momento de mayor presión vehicular para una intervención tan invasiva? El Kilómetro 9 nos gritó hoy una verdad incómoda: la infraestructura es necesaria, pero sin una logística que respete el tiempo del ciudadano, el progreso se siente como un castigo.







