Una reflexión desde la ciencia política y la fe pentecostal

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- Escribir sobre la Semana Santa desde la ciencia política podría parecer, para algunos, un ejercicio estrictamente sociológico o institucional. Sin embargo, antes que politóloga, soy cristiana pentecostal.

Para quienes profesamos esta fe, el Viernes Santo no es un feriado en el calendario civil ni una pausa en la agenda pública; es el epicentro de una transformación cósmica que redefinió la naturaleza misma del poder, el sacrificio y la justicia.

En la doctrina pentecostal, la crucifixión no se observa como la derrota de un líder social ante el imperio de turno, sino como el acto de autoridad espiritual más alto de la historia. Cristo no fue una víctima pasiva de las circunstancias políticas de Judea; fue el protagonista voluntario de un plan de redención.

Su autosacrificio por el mundo representa la ruptura definitiva: el «antes y después» que no solo divide la cronología de la humanidad, sino que separa la era de la Ley de la era de la Gracia.

Desde mi formación profesional, entiendo el poder como una herramienta de gestión colectiva; desde mi fe, entiendo el sacrificio de la Cruz como la negación máxima del egoísmo en favor del bien común.

El Viernes Santo nos enseña que el verdadero impacto no nace de la imposición, sino de la entrega. Jesús eligió el sacrificio no por debilidad, sino por un propósito superior: restaurar el acceso directo entre el Creador y la criatura, eliminando intermediarios y rituales obsoletos para instalar un nuevo pacto basado en la transformación interior.

Este mensaje tiene una vigencia punzante en la República Dominicana de hoy. En un contexto donde a menudo se prioriza el interés individual y el beneficio inmediato, la esencia del Viernes Santo nos interpela: ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar por los demás? La marca que dejó Cristo en la historia es una invitación a la responsabilidad.

No se puede ser seguidor de la Cruz y permanecer indiferente ante la injusticia o la corrupción. El sacrificio de Jesús fue un acto activo de amor radical, y esa es la medida con la que debemos evaluar nuestra conducta ciudadana.

Para el pueblo pentecostal, este día es de profunda reflexión, pero no de desesperanza. La sangre derramada en el Calvario es, para nosotros, símbolo de victoria sobre toda forma de esclavitud espiritual y moral. Es la garantía de que el cambio es posible, tanto en el corazón del hombre como en las estructuras de la sociedad.

Al cerrar esta semana, mi invitación al lector —más allá de sus creencias— es a observar la Cruz no como un símbolo religioso estático, sino como una frontera ética.

El «después de Cristo» debe manifestarse en una nueva forma de convivencia, donde el servicio supere a la ambición y la entrega sea el motor de nuestra administración pública y privada.

Porque, al final del día, la mayor lección de aquel viernes en el Gólgota es que ninguna transformación estructural es sostenible si no nace de un sacrificio consciente por amor a la humanidad.

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