ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- Ha bajado el telón de la Semana Santa. Los boletines oficiales ya recuentan las altas y bajas, las vidas salvadas y las tragedias que, pese al despliegue, no pudimos evitar. Pero más allá de las cifras de los operativos, hoy despertamos en la República Dominicana de siempre: esa isla de contrastes donde las luces del éxito macroeconómico conviven con las sombras de una desigualdad que se resiste a morir, por más que las estadísticas oficiales intenten maquillarla.
Volvemos a nuestra realidad, esa que no se detiene por días festivos ni por procesiones. Nos dicen que la pobreza se ha erradicado o reducido a niveles históricos, pero en la calle el panorama es distinto. 
Parece que hemos creado una nueva categoría social: el «pobre disfrazado». Es aquel dominicano que trabaja de sol a sol, que pertenece a esa clase media que sostiene el sistema, pero que vive en un malestar micro constante.
Es el ciudadano que maneja una estabilidad macro que se ve bien en los informes del Banco Central, pero que siente el peso del costo de vida en cada factura eléctrica y en cada visita al supermercado.
La historia, incluso la sagrada que conmemoramos estos días, nos recuerda una verdad incómoda que ha atravesado los siglos: el bolsillo del opulento suele llenarse con el sudor de la mano obrera.
Desde los relatos bíblicos hasta el capitalismo moderno, la estructura parece inamovible. En nuestro patio, esa mano obrera es la que construye las torres de lujo que no podrá habitar y la que sirve en los hoteles de una industria turística que vuela alto, mientras su salario base camina a paso de tortuga frente a la inflación acumulada.
No se trata de un pesimismo estéril, sino de una objetividad necesaria. Somos un país resiliente ante los volátiles acontecimientos mundiales —desde las tensiones en Medio Oriente que amenazan el precio del combustible hasta las crisis políticas de nuestros vecinos—, pero esa resiliencia tiene un límite. No podemos seguir vendiendo la idea de un progreso que no se siente en la mesa del trabajador promedio.
La clase media dominicana está fatigada. Fatigada de ser el colchón que amortigua los choques económicos sin recibir, a cambio, servicios públicos de calidad que alivien su carga. Educación privada, salud privada y seguridad privada son «impuestos indirectos» que terminan por empobrecer a quienes, técnicamente, ya no son pobres según los libros de sociología.
Finalizada la pausa de la Semana Santa, el reto del liderazgo nacional es dejar de administrar apariencias y empezar a resolver realidades.
La estabilidad es un logro valioso, pero si no se traduce en una mejora real del poder adquisitivo y en una reducción de la brecha social, termina siendo un espejismo.
Es hora de quitarle el disfraz a la pobreza y mirar de frente la precariedad de quienes, con sus manos, mantienen en pie la economía de este hermoso país. Porque una nación que crece hacia arriba, pero no hacia los lados, corre el riesgo de volverse demasiado pesada para sus propios cimientos.







