ELLOS OPOINAN RD
SANTO DOMINGO, RD.- La República Dominicana amaneció hoy bajo un cielo gris, cargado no solo de lluvias, truenos y relámpagos, sino también de una sensación colectiva de vulnerabilidad.
Las imágenes de la autopista Duarte inundada, convertida en un río improvisado, son apenas el reflejo visible de un problema que trasciende lo climático: la fragilidad de nuestras infraestructuras frente a fenómenos cada vez más intensos.

Pero no es solo el agua lo que nos desborda.
Este 8 de abril revive, con dolor intacto, la memoria de una tragedia que aún no encuentra consuelo: la del Jet Set. Un episodio que marcó a familias, dejó heridas abiertas y sembró preguntas que, a día de hoy, siguen sin respuestas claras. Las lluvias de esta mañana, con su estruendo y caos, parecen hacer eco de aquel momento en que la vida cambió para muchos en cuestión de segundos.
Porque mientras el país intenta sortear los embates del clima, hay otra tormenta —más silenciosa, pero igual de devastadora— que sigue su curso: la de la impunidad y la espera.
Los familiares de las víctimas no solo cargan con el peso de la ausencia; también enfrentan la incertidumbre de un sistema que avanza con lentitud desesperante. El Ministerio Público tiene ante sí no solo un caso, sino una deuda moral con una sociedad que exige justicia, transparencia y, sobre todo, respeto por el dolor humano.
No se trata únicamente de determinar responsabilidades legales. Se trata de enviar un mensaje claro: que en la República Dominicana la vida importa, que las tragedias no se archivan en el olvido, y que el clamor de las víctimas no se diluye con el paso del tiempo ni con el ruido de otras crisis.
Hoy, mientras algunos sacan agua de sus hogares y otros intentan llegar a sus destinos sorteando calles anegadas, hay quienes siguen atrapados en un duelo sin cierre. Y ese es quizás el mayor desafío como nación: no acostumbrarnos al dolor, no normalizar la tragedia, no permitir que la memoria se diluya entre titulares pasajeros.
Las lluvias cesarán. Las aguas bajarán. Pero la verdadera prueba será si, cuando el cielo despeje, también lo hace la justicia.
Porque un país no solo se mide por cómo enfrenta sus tormentas naturales, sino por cómo responde ante las tragedias humanas que marcan su historia.







