El teatro del diálogo: Cuando la política habla y el bolsillo paga

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ELLOS OPINAN RD

SANTO DOMINGO, RD.- En la política dominicana, las reuniones de alto nivel suelen tener más de puesta en escena que de resolución de conflictos. El reciente encuentro entre el Gobierno y el liderazgo del PLD, encabezado por Danilo Medina, es el ejemplo más reciente de una danza estratégica donde ambos bandos parecen estar más preocupados por el posicionamiento que por las soluciones. Sin embargo, mientras en las alfombras del Palacio se miden fuerzas, en las calles se mide el costo de la vida.

La declaración de Danilo Medina —afirmando que el Gobierno acudió al diálogo «sin nada en las manos»— no es un comentario al azar; es un dardo envenenado y bien calculado. El expresidente intenta instalar en la psique colectiva tres conceptos potentes: improvisación, falta de control técnico y la nostalgia por una «experiencia de gestión» que el PLD aún reclama como propia.

Las cuatro personas encargadas de dirigir el país los últimos 29 años estuvieron presentes en la sesión inicial del CES

Es una jugada que conecta directamente con un malestar social latente: la sensación de que, aunque los indicadores macroeconómicos brillen en los informes, las respuestas oficiales no terminan de aterrizar en el carrito del supermercado.

Por su parte, el PRM juega su propia carta de relaciones públicas. Convocar al diálogo busca proyectar una imagen de apertura y responsabilidad institucional. Pero aquí reside el riesgo: si llamas a la mesa sin una hoja de ruta técnica, sin propuestas de subsidios explicadas o medidas fiscales concretas, le entregas a la oposición el escenario perfecto para deslegitimarte. El diálogo, cuando carece de contenido, deja de ser una herramienta de Estado para convertirse en un bumerán político.

Lo que estamos presenciando es un conflicto en tres capas. En lo económico, una clase media asfixiada por la inflación importada; en lo político, un oficialismo que empieza a sentir el desgaste natural del poder frente a una oposición que busca desesperadamente una narrativa de redención; y en lo comunicacional, un ruido ensordecedor donde ambos bandos hablan para sus bases mientras el ciudadano común se queda sin respuestas.

La gran ausente en esta mesa es la institucionalidad. La gestión de una crisis de esta magnitud no debería depender de reuniones coyunturales entre figuras históricas, sino de espacios formales y permanentes de concertación económica y social, donde el debate sea técnico y no meramente electoral.

La pregunta hoy es doble. Al Gobierno: ¿Es posible comunicar estabilidad mientras la población percibe carestía? A la oposición: ¿Está el PLD listo para proponer alternativas reales o se conformará con capitalizar el malestar desde la barrera?

La crisis no puede seguir siendo un escenario para medir fuerzas o ganar titulares. Gobernar es algo más que sentarse a la mesa; es llegar a ella con propuestas que alivien la presión sobre los que menos tienen. Porque cuando el Gobierno llega sin propuestas y la oposición responde sin soluciones, el vacío no lo llena la política… lo paga la gente.

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