Más allá del aplauso y la efeméride

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ELLOS OPINA RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- Cada 12 de mayo, el calendario nos invita a celebrar el Día Internacional de la Enfermería, una fecha que rinde homenaje al nacimiento de Florence Nightingale y, con ella, al nacimiento de la profesionalización del cuidado.

En la República Dominicana, esta efeméride suele llenar las redes sociales de felicitaciones institucionales y discursos que exaltan la «vocación de entrega» y el «sacrificio» de estos profesionales.

Sin embargo, detrás del romanticismo de las palabras, se esconde una realidad material lacerante: quienes sostienen el sistema de salud en sus hombros están cansados de reconocimientos simbólicos que no se reflejan en su cuenta bancaria ni en su calidad de vida.

La brecha entre el valor social de la enfermería y su remuneración económica es, quizás, una de las injusticias más normalizadas de nuestro Estado. En los pasillos de nuestros hospitales públicos y clínicas privadas, la enfermera y el enfermero son la primera línea de respuesta, el consuelo en la agonía y el rigor técnico en la recuperación.

Son ellos quienes administran no solo medicamentos, sino también la esperanza y la dignidad del paciente las veinticuatro horas del día. No obstante, al finalizar el turno, ese «héroe de blanco» se enfrenta a salarios que apenas cubren la canasta básica y a condiciones laborales que, en muchos casos, rozan el agotamiento crónico.

Hoy, la enfermería dominicana no pide más placas de reconocimiento; demanda una escala salarial digna y el cumplimiento de acuerdos postergados. La paradoja es evidente: mientras el país se jacta de su estabilidad macroeconómica y de sus modernos centros de salud, el personal de enfermería sigue luchando por pensiones justas y por un nombramiento que no dependa del vaivén político.

Esta desatención no es solo un problema gremial; es una vulnerabilidad del sistema de salud mismo. Un personal de enfermería mal pagado y sobreexplotado es la antesala de una atención deficitaria, por más tecnología que adorne los quirófanos.

Desde la administración pública, es hora de entender que la salud no es solo infraestructura; es, ante todo, capital humano.

Invertir en enfermería es invertir en la eficiencia del gasto público en salud. Reducir la deserción de estos profesionales hacia otros oficios o hacia el extranjero por razones económicas debería ser una prioridad de seguridad nacional. La vocación, por más noble que sea, no paga la renta ni garantiza el futuro de los hijos.

En este 12 de mayo de 2026, el mejor homenaje que el Estado y la sociedad pueden rendir a la enfermería es cerrar la brecha entre la retórica y la realidad. Dejemos de llamar «sacrificio» a lo que debería ser un trabajo dignamente remunerado.

El aplauso es grato, pero la justicia laboral es indispensable. Para que la enfermería dominicana pueda seguir cuidando la vida, es urgente que, por primera vez, el sistema empiece a cuidar de ellos. La verdadera salud de una nación se mide por cómo trata a quienes, en el momento de mayor vulnerabilidad, nos sostienen la mano.

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