Precaución científica o la psicosis del rebrote

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- Decir que el COVID-19 ha regresado a la República Dominicana es incurrir en una imprecisión narrativa; la realidad objetiva es que el virus nunca se marchó. Desde el «día cero» de la pandemia, el patógeno ha seguido su curso natural de mutación, adaptándose y fragmentándose en variantes que, si bien son menos letales en términos generales, muestran una alarmante capacidad de transmisión.

El reciente llamado de atención de la Sociedad Dominicana de Neumología y Cirugía de Tórax, advirtiendo sobre un repunte de contagios en las últimas semanas, no describe un brote descontrolado, sino un recordatorio de que habitamos en un ecosistema donde la vulnerabilidad biológica sigue cobrando facturas, especialmente en niños, ancianos y personas con condiciones preexistentes como diabetes, hipertensión o inmunosupresión.

Sin embargo, tras las profundas cicatrices psicológicas y sociales que nos dejó el año 2020, es innegable que la sociedad civil y los gobiernos operan con el botón del pánico sumamente sensible. Vivimos en una constante transición de virus en virus, un vaivén de titulares que oscila entre el Hantavirus en cruceros internacionales, el Norovirus en las costas turísticas y los rebrotes estacionales de la influenza y las recurrentes alertas por fiebres hemorrágicas como el ébola en los boletines globales.

Esta sucesión de alertas sanitarias genera en el ciudadano común una sospecha inevitable: la incómoda sensación de que la población es utilizada como una masa de muestra para evaluar la evolución de microorganismos, alimentando teorías sobre laboratorios y conspiraciones que florecen ante la falta de una comunicación oficial diáfana.

En el plano internacional, el nerviosismo de los gobernantes es palpable. La instauración de líneas preventivas y controles estrictos en las fronteras de diversas potencias no responde necesariamente a la inminencia de un nuevo confinamiento, sino al pavor político de revivir el colapso sanitario y económico de la década pasada.

Este pánico institucional ha llegado al extremo de encender los debates en torno a los grandes eventos de masas en este 2026, donde analistas y epidemiólogos cuestionan abiertamente si las aglomeraciones globales de este año se convertirán en el gran foco de contagio y dispersión de las nuevas cepas mutadas.

Frente a este panorama, la pregunta que debemos plantearnos en los medios digitales de alta aceptación no es si debemos vivir asustados, sino cómo gestionar la delgada línea que separa la prevención legítima de la manufactura del miedo.

La desinformación y el alarmismo viajan hoy más rápido que cualquier variante aérea. Si bien es rigurosamente cierto que los virus mutan para sobrevivir y que la precaución clínica es una obligación ciudadana —el uso de mascarillas en espacios hospitalarios, el lavado de manos y el aislamiento ante síntomas—, también es una realidad que no podemos permitir que la psicosis paralice la cotidianidad de un país que necesita trabajar y producir.

La República Dominicana se encuentra en una posición de alerta expectante. Nuestro sistema de salud, aunque con debilidades estructurales conocidas, cuenta hoy con una memoria operativa que no tenía hace seis años. Cuidarse no es un acto de cobardía ni una claudicación ante el pánico; es un ejercicio de responsabilidad individual para proteger a los más débiles de la casa.

El COVID-19 y sus mutaciones son ya parte del paisaje endémico de la humanidad. El reto de este tiempo no es erradicar el riesgo, sino aprender a convivir con él sin permitir que las alertas de los micrófonos internacionales nos encierren de nuevo en la parálisis del temor infundado. La prudencia debe ser el paraguas, pero nunca la mordaza de nuestra normalidad.

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