El nuevo príncipe y las ambulancias políticas: RD rumbo al 2027

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- En la ciencia política existe un axioma tan pragmático como descarnado que Dick Morris popularizó en su célebre obra El nuevo príncipe: la campaña electoral para los próximos comicios comienza, de manera invariable, la misma mañana del día siguiente de las elecciones anteriores.

Hoy, transitando el ecuador de este 2026 y a escasos meses de inaugurar un 2027 formalmente preelectoral, la República Dominicana es el testimonio vivo de esa premisa. A pesar de los límites teóricos y las prohibiciones que estipula la Ley Orgánica de Régimen Electoral respecto al proselitismo a destiempo, la maquinaria política nacional jamás apagó sus motores.

En la cúspide de este tablero, las figuras presidenciales de los tres partidos de cabeza ya se perfilan con absoluta claridad en el imaginario colectivo. El oficialismo, bajo las siglas del Partido Revolucionario Moderno (PRM), articula sus estrategias de continuidad gubernamental defendiendo su narrativa de estabilidad macroeconómica.

En la acera de la oposición, Leonel Fernández encabeza la Fuerza del Pueblo apostando a su experiencia de Estado y al capital político territorial que ha consolidado con cautela activa, mientras que el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), liderado por Danilo Medina en la estrategia de reactivación de estructuras, busca reposicionar su marca y recuperar los espacios perdidos en el debate económico.

El gran catalizador de este fenómeno electoral prematuro es, sin duda, la inflación y su asimétrico comportamiento en la realidad de la población. La persistencia de presiones externas —alimentadas por la volatilidad energética global derivada de las crisis en Medio Oriente— obliga al Gobierno a destinar miles de millones de pesos a subsidios de combustibles y electricidad para blindar la estabilidad.

Sin embargo, en el plano microeconómico, la ciudadanía experimenta un disgusto palpable: el encarecimiento de la canasta básica familiar genera un desgaste natural en la percepción hacia el partido oficialista, una brecha que la oposición intenta capitalizar apresuradamente instalando el relato de un deterioro económico generalizado.

Este adelantado choque de narrativas ha profundizado un fenómeno tan antiguo como degradante en nuestra cultura partidaria: el transfuguismo y la recolección de militancias heridas.

En la actualidad, los tres partidos de cabeza operan de forma similar a ambulancias políticas, recorriendo el territorio para recoger a dirigentes y cuadros que abandonan sus organizaciones originales cuando intuyen que el barco está propenso a hundirse.

Este trasvase constante de figuras no responde a debates ideológicos ni a visiones doctrinales de Estado, sino a un pragmatismo crudo de supervivencia, conveniencia y cálculo inmediato por asegurar un espacio de poder en la próxima configuración gubernamental.

Desde la óptica de la administración pública, este proselitismo perpetuo impone un costo muy alto a la institucionalidad. Cuando la energía del liderazgo nacional y de las estructuras municipales se consume en el posicionamiento electoral diario y en la canibalización de militancias ajenas, la gestión de los problemas estructurales de las comunidades —como la seguridad ciudadana, el ordenamiento urbano o la salud— corre el peligro de pasar a un segundo plano.

La República Dominicana entra de lleno al ciclo preelectoral con una economía resiliente pero una militancia fatigada. El verdadero reto del sistema democrático en este tramo hacia el 2027 no será definir quién recoge más náufragos políticos en el camino, sino quién es capaz de presentar propuestas técnicas creíbles que traduzcan la frialdad de los gráficos de crecimiento en un alivio real y duradero para la mesa de cada ciudadano dominicano.

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