ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- El calendario litúrgico y civil de la República Dominicana nos convoca hoy, jueves de Corpus Christi, a una pausa en la agitada rutina de nuestra vida pública y laboral. Para la gran mayoría, este día se traduce en un fin de semana largo, en un respiro para el descanso familiar o en un viaje al interior del país.
Sin embargo, desde la perspectiva de las ciencias políticas y la administración pública, los feriados religiosos no son meras fechas de asueto; son el reflejo de las raíces culturales que sostienen nuestra identidad como nación.
Por ello, conviene levantar la mirada de la cotidianidad y entender qué conmemoramos y cómo esta fecha nos interpela a todos, más allá de los linderos de nuestras denominaciones particulares.

El origen del Corpus Christi (que en latín significa «Cuerpo de Cristo») se remonta a la Edad Media, específicamente al año 1264, cuando el papa Urbano IV instituyó oficialmente esta festividad para la Iglesia católica mediante la bula Transiturus.
La celebración surge con el propósito teológico de proclamar y aumentar la fe en la presencia real de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía. Es una festividad de profunda arraigo católico, caracterizada históricamente por procesiones, alfombras de flores y solemnidades litúrgicas que buscan llevar lo sagrado al espacio público, recordando la última cena y el sacrificio de la cruz.
En nuestro país, esta tradición llegó con los primeros colonizadores y se integró de forma indisoluble a la estructura legal y social de nuestra República.
Como cristiana evangélica pentecostal, mi aproximación a este día posee un matiz doctrinalmente distinto, pero profundamente respetuoso y convergente en lo esencial. En la doctrina pentecostal no celebramos la liturgia del Corpus Christi ni compartimos la tesis de la transustanciación eucarística del catolicismo; para nosotros, la conmemoración del sacrificio de Cristo se vive a través de la Santa Cena como un acto memorial y espiritual continuo, impulsado por el poder del Espíritu Santo en el corazón del creyente.
Sin embargo, lejos de ver en esta fecha un motivo de división, encuentro en este jueves una oportunidad de oro para la unidad en el espíritu. El respeto a la libertad de culto, pilar fundamental de nuestra democracia, nos permite reconocer que, por encima de las formas rituales, lo que hoy nos une a los dominicanos con temor de Dios es la centralidad de Cristo, su sacrificio redentor y su mensaje de amor por la humanidad.
El mensaje que deseo extender a la comunidad dominicana en este día feriado trasciende las fronteras de los templos y las iglesias. Vivimos en tiempos complejos, arropados por un mundo convulso, volatilidad económica internacional y tensiones sociales que a menudo siembran la incertidumbre en nuestros hogares.
En este contexto, un día de recogimiento no debe ser desperdiciado únicamente en el consumo o la desconexión banal. Este jueves de Corpus es una invitación a la reflexión interna, a fortalecer los altares familiares y a recordar que una sociedad sin referentes espirituales ni principios éticos firmes es una sociedad propensa a extraviar el camino.
Gobernar una nación o edificar una ciudadanía responsable requiere de leyes y presupuestos eficientes, pero también de una reserva moral inquebrantable. Que este día de asueto sea un espacio para el descanso del cuerpo, pero también para el avivamiento del alma.
Aprovechemos la pausa para sembrar paz en nuestras comunidades, para proteger a los más vulnerables y para reafirmar que la República Dominicana seguirá siendo un faro de fe y resiliencia en el Caribe. Que la conmemoración de lo sagrado nos recuerde que el servicio al prójimo, la integridad y el amor radical que Jesús nos enseñó en la cruz son las verdaderas herramientas para transformar, desde el corazón de cada ciudadano, la realidad de nuestra hermosa patria.







