El escrutinio de Washington en el patio dominicano

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- En el sutil universo de las relaciones exteriores, los saludos protocolares suelen esconder intenciones y los silencios diplomáticos dictan sentencias. La reciente e intensa agenda de encuentros de la embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana, Leah Campos, con las principales figuras del tablero electoral dominicano, ha desatado un hervidero de conjeturas en los medios digitales y programas de opinión pública.

Aunque la política exterior norteamericana se cuida estrictamente de no incurrir en una injerencia electoral directa o emitir un respaldo explícito, el lenguaje no verbal de sus delegaciones ofrece un mapa nítido de sus afinidades. En esta pasarela diplomática, Washington no elige presidentes de manera pública, pero sí califica la potabilidad de quienes aspiran a dirigir los destinos del principal aliado estratégico del Caribe.

El episodio más comentado y cargado de ironía política se escenificó el pasado 8 de junio de 2026 con la sorpresiva visita a Gonzalo Castillo. Apenas días después de que los tribunales dominicanos dictaran un fallo de «no ha lugar» a su favor en el caso Calamar, restituyéndosele formalmente su visa de diez años, la embajadora Campos validó el dictamen judicial con un encuentro que el propio líder del PLD calificó de «poderoso».

El timing diplomático roza el sarcasmo: el mismo Estado que le retiró el visado al ser procesado por supuesta corrupción, lo rehabilita de inmediato tras la sentencia. No estamos ante un espaldarazo a una candidatura, sino ante un frío ejercicio de pragmatismo legal; Estados Unidos demuestra que no guarda vetos permanentes si los tribunales locales limpian el estatus de un actor con un innegable peso económico y político en el país.

En la acera oficialista, el trato preferencial ha escalado a niveles de despliegue militar. La invitación exclusiva extendida al ministro de Turismo y presidenciable del PRM, David Collado, el pasado 7 de junio a bordo del imponente portaaviones USS Nimitz, ha enviado una señal contundente a lo interno y externo del partido de Gobierno.

Pasear a Collado en una tarima militar de alto perfil y junto a mandos del Comando Sur se lee en los pasillos políticos locales como el espaldarazo institucional de la temporada. Para Washington, el ministro encarna la continuidad idónea de un modelo pro-empresa y pro-inversión extranjera, totalmente alineado con la seguridad hemisférica. Es, por definición, el favorito institucional de una potencia que valora la previsibilidad por encima de los experimentos ideológicos.

El contraste en la oposición lo marca la familia Fernández desde las oficinas de la Fuerza del Pueblo. Mientras el exmandatario Leonel Fernández recibió un trato estrictamente protocolar y fiscalizador —donde trascendió la incisiva y punzante pregunta de la embajadora cuestionando por qué insistía en aspirar de nuevo tras haber gobernado la nación en tres ocasiones—, su hijo, el senador Omar Fernández, fue objeto de una evaluación marcadamente positiva.

Al reunirse de forma diferenciada con el joven legislador para debatir sobre seguridad y desarrollo económico, Washington envió un recordatorio estratégico: la embajada prefiere interactuar y refrescar sus lazos directamente con el liderazgo emergente de relevo, tomando una distancia saludable de las estructuras tradicionales e hiper-personalistas que miran con recelo la alternancia democrática.

Desde la perspectiva de las ciencias políticas, esta pasarela nos demuestra que la estabilidad macroeconómica de la que goza el país no inmuniza a nuestra clase política del escrutinio del Norte. La República Dominicana entra de lleno a la fase preelectoral con sus líderes desfilando ante los ojos de un socio estratégico que mide cada foto y cada gesto con precisión quirúrgica.

David Collado ostenta hoy las señales visuales más claras de simpatía institucional, mientras que la oposición se debate entre la rehabilitación pragmática de sus cuadros y la renovación obligada de sus discursos. Al final del día, el mensaje que flota sobre las aguas de Santo Domingo es directo: en el ajedrez del Caribe, los candidatos dominicanos proponen sus cartas, pero es el lenguaje de las visas y los portaaviones el que termina por definir quién tiene el viento a su favor.

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