ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- Se dice que después de la tormenta viene la calma, pero en la República Dominicana esa calma es un espejismo peligroso. La madrugada del miércoles 8 de abril de 2026, el Gran Santo Domingo volvió a quedar bajo el agua, atrapado en un caos urbano que ya no puede tildarse de «sorpresivo». Lo que vivimos no fue solo una tormenta meteorológica; fue, sobre todo, una tormenta de debilidad institucional.
En esta ocasión, el fallo no estuvo en la ciencia. Voces con rigor y precisión como las de Jean Suriel, John Morales y Heriberto Fabián lanzaron advertencias claras mucho antes de que el primer pluviómetro se desbordara.

La información estaba ahí, disponible y detallada. Sin embargo, mientras los expertos gritaban alerta, el aparato estatal parecía susurrar en código verde.
¿Por qué, si los datos dictaban un cambio de color en los niveles de alerta, las autoridades se aferraron a una cautela que terminó costando cara?
La realidad es cruda: en el país donde «el rico es rico y el pobre está disfrazado», la vulnerabilidad no es democrática. Las inundaciones extremas de esta semana evidencian que seguimos siendo una nación que reacciona con operativos de rescate, pero que fracasa sistemáticamente en la cultura de la prevención.

Mientras los meteorólogos hacían su trabajo con precisión quirúrgica, el sistema de respuesta parecía esperar a que el agua llegara al cuello para reconocer la magnitud del evento.
Ya conocemos el guion que sigue a la tragedia. En los próximos días escucharemos un desfile de justificaciones técnicas, pero difícilmente escucharemos una disculpa honesta. Se hablará del cambio climático, de la basura en los imbornales y de la intensidad inusual de la lluvia; todas verdades parciales que sirven para ocultar la verdad absoluta: la falta de una voluntad política que priorice el drenaje pluvial y la planificación urbana sobre el asfalto electoral.

El drama de la «memoria corta» dominicana es que nos acostumbramos al desastre. Pasada la inundación, volvemos a la rutina del «mientras tanto», olvidando que, tras esta tormenta, según los pronósticos, vendrá más agua.
La brecha entre el conocimiento científico y la ejecución oficial se ha convertido en un abismo por donde se cuelan la confianza ciudadana y la seguridad de las familias.
Gobernar un país expuesto a los embates de la naturaleza no puede ser un ejercicio de improvisación. Si tenemos las herramientas y los profesionales para predecir con exactitud el peligro, es imperdonable que la respuesta institucional sea más lenta que la nube que nos cubre.
La calma no vendrá porque deje de llover. La calma solo llegará cuando entendamos que la prevención no es un gasto, sino la única inversión que realmente salva vidas.
Mientras tanto, nos queda el sabor amargo de saber que, una vez más, el dato fue certero, pero la autoridad prefirió mirar hacia otro lado hasta que el agua nos recordó, a la mala, que no estamos preparados.







