ELLOS OPNAN RD
Por: Leticia Rosario Monción
SANTO DOMINGO, RD.- La política contemporánea padece una crisis de fe que no se cura con retórica electoral, sino que se asienta en la desoladora máxima de que, en las estructuras partidarias de hoy, cuando un militante lo da todo, termina quedándose completamente vacío.
Este lunes 22 de junio de 2026, el panorama político de la República Dominicana y de la región asiste a una mutación profunda en la lealtad de sus bases, evidenciada en una ola indetenible de transfuguismo y saltos hacia partidos de oposición.

Desde la perspectiva de las ciencias políticas, este fenómeno no debe leerse como un simple acto de oportunismo individual; es el síntoma definitivo del colapso de los partidos de masas y la consolidación de un modelo de partidos de élite o de cartel («cartel parties«), donde las cúpulas burocráticas han mercantilizado la militancia, dejando a los cuadros de a pie en la periferia de las decisiones y con los bolsillos morales rotos.
Para la teoría política tradicional, la fortaleza de una organización residía en la solidez de sus cuadros: hombres y mujeres que en los barrios, municipios y provincias desgastaban sus suelas defendiendo una bandera, movilizando votantes bajo la lluvia y asumiendo la doctrina de su partido como una extensión de su propia identidad.
Sin embargo, la realidad actual nos muestra que las élites partidarias han roto ese pacto fundacional. Al sustituir la formación ideológica por el pragmatismo financiero y el marketing digital, las estructuras tradicionales convirtieron al militante en un consumible electoral desechable.
El cuadro político que empeñó su patrimonio, sacrificó su tiempo familiar y defendió gestiones gubernamentales impopulares descubre, al repartirse el botín del poder, que los puestos de relevancia y los espacios de influencia son reservados para tecnócratas de último minuto, financistas de campaña o figuras mediáticas sin arraigo. El militante, en consecuencia, experimenta un vaciado existencial: la dolorosa certeza de haber entregado su capital social a cambio de la indiferencia de un comité político climatizado.
Es en este vacío ético donde germina y se justifica el fenómeno del transfuguismo masivo que satura los portales digitales de noticias. Cuando los actores políticos alegan que «se van porque lo dieron todo y se quedaron vacíos», están vistiendo con narrativa existencial lo que en realidad es una ruptura del sistema de incentivos.
En las ciencias políticas sabemos que la militancia se sostiene sobre dos tipos de beneficios: los colectivos (la creencia en un proyecto de país) y los selectivos (el ascenso social, el empleo público o el reconocimiento institucional).
Al evaporarse los primeros por el desdibujamiento ideológico de los partidos, y al concentrarse los segundos exclusivamente en las élites corporativas que controlan las siglas, el militante de base se desvincula emocionalmente.
Irse a la oposición o cambiar de chaqueta ya no se percibe como una traición doctrinal, sino como un acto de supervivencia o un intento desesperado por rellenar el vacío material y político que la propia organización de origen le provocó.
La consecuencia más peligrosa de esta dinámica es el profundo desencanto de la población, que observa este baile de siglas como un mercado de lealtades devaluadas donde nadie cree en nada. Un sistema político donde los cuadros se queman y las élites se reciclan es una democracia con pies de barro.
El reto para los partidos supervivientes en este 2026 no es recaudar más fondos para la próxima campaña, sino democratizar sus estructuras internas para devolverle la dignidad al militante. Si las cúpulas continúan gestionando las siglas como franquicias privadas y tratando el esfuerzo de sus bases como un recurso gratuito y descartable, seguirán vaciando los templos de la democracia dominicana.
Al final, un partido sin cuadros comprometidos es solo un cascarón vacío; un negocio de pocos que, tarde o temprano, terminará desplomándose bajo el peso de su propia frialdad institucional.







