ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMIMGO, RD.- Apenas ayer, 23 de febrero, el país experimentó un recordatorio sombrío de nuestra vulnerabilidad estructural. Una «falla mayor» en el sistema eléctrico nacional dejó a oscuras a gran parte del territorio, impactando con especial severidad al Gran Santo Domingo. Mientras las autoridades activaban protocolos de contingencia para que servicios críticos como el Metro no se detuvieran, en los hogares y las empresas la pregunta era la misma de hace décadas: ¿Hasta cuándo seguiremos construyendo sobre cimientos de cristal?

Este evento no fue un incidente aislado, sino un síntoma de una desconexión peligrosa entre la ambición de desarrollo de nuestra metrópoli y la fragilidad de su infraestructura energética. Estamos viviendo un auge vertical sin precedentes; torres inteligentes y centros comerciales brotan en cada esquina del Distrito Nacional, pero la red que debe alimentarlos parece estar operando al límite de sus fuerzas.
El costo de la fragilidad
La vulnerabilidad energética no es solo un tema de comodidad doméstica; es una amenaza directa a la competitividad empresarial. Cada minuto de inactividad por una falla sistémica se traduce en pérdidas millonarias, equipos dañados y una erosión de la confianza de los inversionistas. El hecho de que el Metro de Santo Domingo tuviera que operar bajo contingencia ayer es un éxito de su protocolo interno, pero también una señal de alerta: los servicios estratégicos de la ciudad no pueden estar a merced de una red que colapsa ante la primera eventualidad técnica.
Inversión vs. Parche
El crecimiento de la ciudad no se puede frenar, pero sí se puede asfixiar si no se prioriza el fortalecimiento de la infraestructura eléctrica. No basta con la generación de energía; el cuello de botella actual reside en la distribución y la robustez de la red de transmisión. La República Dominicana ha avanzado en la diversificación de su matriz energética, incorporando renovables y gas natural, pero de nada sirve producir energía limpia y barata si el «cableado» que la lleva a la industria y al hogar es incapaz de soportar la demanda o resistir fallas sistémicas.
Un llamado a la urgencia
Lo ocurrido este 23 de febrero debe ser el punto de inflexión para que la modernización del sistema eléctrico pase de ser una promesa de campaña a una prioridad nacional de seguridad. El Gran Santo Domingo no puede ser la «Nueva York del Caribe» si su sistema eléctrico sigue anclado en la inestabilidad.
La infraestructura eléctrica es la columna vertebral de cualquier sociedad moderna. Si no la fortalecemos ahora, el apagón de ayer no será recordado como una falla técnica, sino como el momento en que el desarrollo de nuestra capital se detuvo porque simplemente no tuvo la energía suficiente para seguir adelante.







