ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- En el tablero de ajedrez mundial, las reglas han cambiado. Hemos pasado de una globalización hiperconectada y predecible a una era de «geoeconomía fragmentada», donde las potencias ya no solo compiten por mercados, sino por la seguridad de sus suministros y la lealtad de sus aliados. Para economías pequeñas y abiertas como la de República Dominicana, este escenario no es solo un desafío retórico; es el nuevo ecosistema donde se debe aprender a nadar entre gigantes sin ser arrastrados por la corriente.
Navegar en un mundo polarizado exige una diplomacia comercial que sea, a la vez, pragmática y audaz. Mientras Estados Unidos y China redefinen sus esferas de influencia, naciones como la nuestra han descubierto que su valor no reside en el tamaño de su territorio, sino en su ubicación y su estabilidad. El fenómeno del nearshoring y el friendshoring —la relocalización de industrias hacia países cercanos y aliados— ha dejado de ser una teoría de foro económico para convertirse en una realidad de inversión extranjera directa. RD se encuentra hoy en el «punto dulce» de esta transición, aprovechando su cercanía con el mercado norteamericano para transformar zonas francas en nodos logísticos vitales.

Sin embargo, el éxito en este nuevo orden no está garantizado solo por la geografía. La credibilidad es la moneda más fuerte en tiempos de incertidumbre. En un entorno donde las cadenas de suministro son vulnerables y los precios de las materias primas fluctúan al ritmo de conflictos transoceánicos, la resiliencia dominicana depende de su capacidad para diversificar. No se trata de elegir un bando, sino de fortalecer múltiples puentes: consolidar la relación estratégica con Occidente mientras se mantiene una apertura inteligente hacia la innovación y el capital proveniente de Asia y otras latitudes.
La fragmentación geopolítica también trae consigo el riesgo de la inflación importada y la volatilidad energética. Ante esto, la respuesta local ha sido la aceleración de la transición hacia fuentes renovables y una política monetaria que prioriza la certidumbre. En este contexto, las economías pequeñas que logran destacar son aquellas que actúan con la agilidad de un «fast-mover»: países que pueden adaptar sus marcos legales y su infraestructura más rápido que las pesadas burocracias de las grandes potencias.
Estamos presenciando el fin de la neutralidad pasiva. Para República Dominicana, navegar este mundo fragmentado implica ser un actor proactivo que entiende que la estabilidad política es su principal activo de exportación. Al final del día, en una economía global que se fractura por intereses ideológicos, la capacidad de ser un socio confiable, tecnológicamente apto y socialmente estable es lo que permite que una nación pequeña no solo sobreviva, sino que lidere en su propia escala. El futuro no pertenece necesariamente a los más grandes, sino a los que mejor saben leer el viento.







