El fenómeno social y normativo detrás de la jerga de seguridad

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- La adopción de tecnicismos policiales por parte de la cultura popular en la República Dominicana ha transitado de las frecuencias radiales de los cuerpos de seguridad hacia el centro del debate lingüístico y sociopolítico contemporáneo en este mes de septiembre de 2026. La generalización de la frase «poner en 29» para describir la defunción de presuntos infractores de la ley en intervenciones estatales ilustra una profunda asimilación civil de los protocolos de interdicción y el impacto fáctico de la ofensiva oficial contra la criminalidad organizada.

En su origen estrictamente institucional, la nomenclatura proviene del código radial 1-29 empleado por la Policía Nacional y la Dirección Central de Investigación (DICRIM) para reportar técnicamente a un ciudadano fallecido, diferenciándose de manera operativa del código 1-28, reservado para identificar a personas que únicamente han resultado heridas. No obstante, las plataformas digitales y la narrativa cotidiana de los barrios han reconfigurado este léxico técnico, transformándolo en un indicador medible sobre el estado de la seguridad ciudadana y la percepción del orden público en las demarcaciones urbanas.

Desde la prospectiva de la gobernanza penal, la popularización de este término coincide con un escenario de disuasión fáctica de alta intensidad en las calles dominicanas. El denominado temor a formar parte de las estadísticas del código 29 ha modificado el comportamiento de los actores al margen de la ley, incentivando un patrón de entregas voluntarias masivas ante los destacamentos e instituciones del orden. Numerosos ciudadanos con requerimientos judiciales o perfiles delictivos recurrentes optan de manera proactiva por evadir la resistencia armada y buscar la mediación de comunicadores, junta de vecinos y autoridades eclesiásticas para someterse a la acción de la justicia por vías pacíficas, garantizando la preservación de su integridad física frente al riesgo de los operativos de captura.

La transparencia informativa obliga a señalar que mientras un segmento de la opinión pública percibe la vigencia de esta terminología con un sentido de alivio ante los históricos índices de asaltos y violencia comunitaria, diversos sociólogos, juristas y observadores institucionales advierten que la normalización masiva de la jerga sobre la letalidad refleja tensiones complejas respecto a los debidos procesos legales y la necesidad de afianzar el control normativo de las operaciones.

Por consiguiente, el valor analítico de registrar esta mutación del lenguaje callejero no estriba en validar simplificaciones del dolor colectivo, sino en documentar de forma objetiva una realidad donde la efectividad en la persecución penal requiere equilibrarse de manera transparente con las garantías constitucionales. El fortalecimiento de una cultura democrática y de paz en la región del Caribe exige que la modernización de los cuerpos de seguridad traduzca estos diagnósticos no en la normalización de la violencia, sino en el perfeccionamiento de políticas públicas integrales que devuelvan el orden institucional, la previsibilidad jurídica y el respeto a la vida en todo el territorio nacional.

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