El Presidente y su soledad en el mando  

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- La política, en su esencia más pura, es un ejercicio de servicio y desprendimiento. Sin embargo, al observar el panorama actual de nuestra administración pública, resulta inevitable percibir una desconexión preocupante entre el compromiso asumido frente al país y el accionar de muchos funcionarios, tanto electos como designados por decreto.

Hoy, la sensación que embarga a gran parte de la sociedad es la de un tren gubernamental donde varios de sus vagones parecen haber soltado el enganche, dejando que la locomotora presidencial avance con un peso que no debería cargar en solitario.

Es evidente que una parte considerable de la clase política se ha sumergido en una agenda de crecimiento personal y proyección política extemporánea. Mientras los ciudadanos claman por soluciones eficientes en áreas críticas, se percibe a funcionarios más preocupados por su «marca personal» o por asegurar su futuro político que por el cumplimiento riguroso de las funciones para las que fueron juramentados.

El resultado es una gestión que, en ciertos sectores, luce estática o reactiva, obligando al Presidente a intervenir directamente en asuntos que deberían ser resueltos por sus ministros y directores.

Esta falta de respaldo institucional no es solo un desplante a la figura del mandatario; es una falta de respeto al compromiso ético firmado ante la nación. Cuando un funcionario prioriza su ascenso individual, debilita la estructura del Estado y deja al líder del Ejecutivo sin el soporte necesario para el mejor desenvolvimiento del país. No se puede predicar un cambio o una transformación si los encargados de ejecutarla están mirando hacia su propia meta en lugar de mirar hacia las necesidades de la gente.

El país no necesita figuras que solo busquen el brillo del cargo; necesita servidores que comprendan que su cargo es un préstamo de confianza del pueblo. Si el funcionariado no asume su rol con la proactividad y lealtad que el momento histórico exige, el riesgo es alto: un gobierno agotado por la inacción de sus cuadros y un Presidente que, a pesar de su esfuerzo, termina pagando el costo político de la indolencia ajena.

Es tiempo de que quienes ocupan oficinas públicas decidan si están para servirse de ellas o para servir a la República. El país, y su propio Presidente, merecen algo más que soledad en la cima.

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