El sacrificio selectivo: cuando la crisis solo la paga el ciudadano

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- Amanecemos en una República Dominicana donde el discurso oficial insiste en la prudencia, la moderación y el sacrificio. Se nos pide apretarnos el cinturón, reducir gastos, entender el contexto internacional, asumir que “los tiempos no son fáciles”. Y es cierto: el mundo atraviesa tensiones complejas.

La geopolítica está en un punto delicado, con conflictos latentes que impactan directamente en los precios del petróleo, en la inflación y en la estabilidad de economías como la nuestra.

Pero hay una pregunta que cada vez resuena con más fuerza en la calle, en los hogares, en la clase media que se siente asfixiada: ¿El sacrificio es para todos… o solo para algunos?

Mientras al ciudadano común se le pide contención, la percepción —y en muchos casos la evidencia— apunta a que desde el poder no se está enviando el mismo mensaje con el ejemplo. Y ahí es donde comienza a romperse algo más profundo que el bolsillo: se rompe la confianza.

No se trata de desconocer los esfuerzos macroeconómicos. La estabilidad relativa del tipo de cambio o el control de ciertos indicadores son logros técnicos importantes. Pero la política no se mide únicamente en cifras; se mide en legitimidad. Y la legitimidad se construye cuando el ciudadano siente que el peso de la crisis está distribuido de manera justa.

Hoy, sin embargo, la sensación es otra. Casos como los recientes cuestionamientos en la Cámara de Cuentas, sumados a rumores persistentes de mala gestión y privilegios dentro de la administración pública, contrastan de manera incómoda con el llamado al sacrificio colectivo. No es solo lo que ocurre, es lo que parece estar ocurriendo… y en política, la percepción también gobierna.

El problema no es únicamente la existencia de errores o fallas —eso ha estado presente en todos los gobiernos—, sino la aparente normalización de los mismos. Esa especie de “todo está bajo control” que no siempre coincide con la realidad que vive el ciudadano de a pie, que ve cómo su dinero rinde menos, cómo el crédito se vuelve una trampa cotidiana y cómo el esfuerzo no necesariamente se traduce en estabilidad.

La geopolítica, con tensiones como las del Estrecho de Ormuz y la volatilidad energética, seguirá presionando economías como la nuestra. Eso no está en discusión. Lo que sí está en discusión es cómo se gestiona esa presión internamente. Porque cuando se le pide a la población que resista, pero no se percibe un compromiso equivalente desde las estructuras de poder, el mensaje se distorsiona. Y lo que debía ser un llamado a la responsabilidad compartida, se convierte en un símbolo de desigualdad.

La política, en su esencia, es un pacto. Un acuerdo no escrito donde el ciudadano confía en que quienes gobiernan tomarán decisiones en función del bien común, incluso cuando esas decisiones impliquen sacrificios. Pero ese pacto tiene una condición fundamental: el ejemplo.

Sin ejemplo, no hay autoridad moral. Y sin autoridad moral, no hay narrativa que resista.

República Dominicana no necesita discursos perfectos. Necesita coherencia. Necesita señales claras de que el sacrificio no es selectivo, de que la crisis no tiene privilegios y de que el poder también sabe ajustarse cuando la realidad lo exige. Porque al final, más allá de ideologías o simpatías partidarias, hay una verdad simple que el ciudadano no negocia: la justicia no solo debe hacerse, debe sentirse.

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