El Verbo y la Muralla: Luis Abinader ante el Espejo de la Historia

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ELLOS OPINAN RD

SANTO DOMINGO, RD.- Hay momentos en la vida de una nación donde la palabra deja de ser mero vehículo de promesas para convertirse en arquitectura de identidad. El pasado fin de semana, bajo el palio del undécimo aniversario del Partido Revolucionario Moderno (PRM), el presidente Luis Abinader no solo pronunció un discurso; trazó una línea en la arena del tiempo dominicano, separando con quirúrgica precisión el futuro que persigue del pasado que intenta conjurar.

Una Advertencia contra el Fantasma del Caudillo

El mandatario, investido de la autoridad que otorgan las urnas y la estabilidad de una economía que apenas días antes celebraba el hito de los US$982.8 millones en remesas, eligió el rigor ético como eje de su narrativa. Con una frase que resonó en el recinto como un martillazo sobre el bronce, Abinader sentenció: “En este partido no hay espacio para caudillismos disfrazados de modernidad”.

Esa sentencia no fue un descuido retórico. Fue una muralla. El Presidente, consciente de que la política dominicana ha sido históricamente un laberinto de egos y personalismos, utilizó el aniversario de su organización para blindar el concepto de institucionalidad. En su verbo, el PRM no fue presentado como una maquinaria de poder, sino como un organismo vivo que debe protegerse de la patología del poder absoluto, esa sombra que siempre acecha en las democracias jóvenes.

El Contraste entre la Celebración y la Realidad

La estética del evento —un mar de azul y blanco— contrastaba con la sobriedad de un mensaje que buscaba aterrizar las expectativas. Mientras el país digería el impacto de un apagón nacional que horas antes había recordado la fragilidad de nuestras venas eléctricas, Abinader optó por la honestidad del camino largo. No hubo espacio para el populismo fácil; hubo, en cambio, una reafirmación del modelo de transparencia que ha sido su bandera.

El discurso se sintió como una rendición de cuentas moral. Al mirar a su dirigencia, encabezada por José Ignacio Paliza y Carolina Mejía, el Presidente pareció recordarles que el éxito del PRM no reside en la permanencia, sino en la diferencia. Fue un llamado a la «política con propósito», alejándose de las viejas prácticas que, según su alocución, sumieron al país en décadas de opacidad.

El 2028: Un Horizonte sin Sombras

Aunque la ley de gravedad política sugiere que el 2028 es el destino inevitable de cada palabra dicha hoy, Abinader manejó los tiempos con la maestría de quien no tiene prisa. Al desmarcarse del «caudillismo», lanzó un desafío indirecto a la oposición, personificada en una Fuerza del Pueblo que observa desde la acera de enfrente, y envió un mensaje interno de renovación.

El Presidente cerró su intervención no con una proclama de victoria, sino con un recordatorio de responsabilidad. En la estética de su oratoria, quedó claro que para Luis Abinader, el PRM debe ser el partido que rompa el ciclo del eterno retorno dominicano.

La Palabra como Legado

Al final, cuando las luces se apagaron y el eco de los aplausos se disolvió en el aire de la capital, quedó la sensación de que el mandatario ha decidido jugar su partida más ambiciosa: la de la historia. Su discurso no fue para el lunes por la mañana, sino para las décadas por venir. En la liturgia de este aniversario, Abinader dejó claro que su mayor enemigo no es la oposición, sino cualquier intento de retroceso hacia las formas que el país, al menos en su discurso, ya ha decidido enterrar.

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