ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- Amanecemos este 4 de marzo de 2026 con los ojos puestos en el Golfo Pérsico, pero sintiendo el eco de los tambores de guerra en nuestros propios bolsillos. La escalada militar entre Estados Unidos e Irán, que ha visto ataques directos y el cierre parcial de rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz, no es una película de acción ajena a nuestra realidad; es un fenómeno sísmico que ya está agrietando los cimientos de la estabilidad económica dominicana.
Debemos ser francos: cuando el petróleo estornuda en el Medio Oriente, la República Dominicana se contagia de una fiebre inflacionaria inmediata. El crudo Brent ya ha mostrado saltos alarmantes, superando niveles críticos en las últimas horas.

Para un país que importa la gran mayoría de sus hidrocarburos —con una dependencia de más del 85% de fuentes externas para su matriz energética—, cada misil lanzado a miles de kilómetros se traduce aquí en una presión insostenible sobre los subsidios estatales y, eventualmente, en el costo del transporte y la energía.
Pero el impacto no termina en la bomba de gasolina. El conflicto afecta directamente la seguridad alimentaria. Gran parte de los fertilizantes e insumos agrícolas que garantizan nuestra producción local provienen de zonas hoy bajo fuego o con rutas comerciales bloqueadas. Si no somos capaces de entender que el arroz y las habichuelas de mañana dependen de la sensatez con la que gestionemos el dinero hoy, estaremos condenándonos a una crisis de consumo innecesaria.
El derroche, en este contexto, es un acto de ceguera civil. No es momento para el gasto suntuario impulsivo ni para el endeudamiento por vanidad. La geopolítica actual nos dicta una lección de supervivencia: la resiliencia de una nación se mide por la capacidad de ahorro de su gente. El gobierno ya ha fijado posiciones diplomáticas de cautela, pero la verdadera política de defensa nacional se libra en el presupuesto de cada hogar dominicano.
Concientizar a la población no es promover el pánico, sino la inteligencia financiera. Ante un mundo donde las potencias se enfrentan, nuestra mejor arma es la austeridad estratégica. Si queremos que el crecimiento que tanto nos ha costado alcanzar no se evapore en el fuego del conflicto ajeno, debemos cerrar las llaves del desperdicio. La estabilidad de la República Dominicana hoy se escribe con una sola palabra: prudencia.







