La diplomacia de los contrastes: Entre el aliado del Norte y el coqueteo del Este

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- En el complejo léxico de las relaciones internacionales, las palabras suelen dibujar un mapa ideal, pero son los pasos concretos los que definen el territorio real.

Recientemente, el ministro de la Presidencia, José Ignacio Paliza, reafirmó en la Universidad de Georgetown una sentencia que ha sido el eje gravitacional de la actual administración: Estados Unidos es el principal aliado y el amigo más importante de la República Dominicana.

La conferencia en la que participó el ministro dominicano en Washington tenía de título “Democracy & Governance: A Conversation with José Ignacio Paliza”.

Sin embargo, mientras el eco de esta afirmación aún resonaba en los pasillos de Washington, un movimiento en el tablero europeo generó ruidos de interferencia que obligan a preguntarse qué tan alineada está, realmente, nuestra brújula diplomática.

La presencia del Consultor Jurídico del Poder Ejecutivo, Antoliano Peralta, en la reciente Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada en Barcelona, España, ha levantado cejas entre los analistas que observan la coherencia de nuestra política exterior.

Antoliano Peralta y Leah Campos

Se trató de un foro con una marcada impronta progresista, impulsado por figuras como Pedro Sánchez y Lula da Silva, y frecuentado por liderazgos que mantienen una distancia crítica respecto a las políticas de Washington.

Aunque el Gobierno dominicano se apresuró a aclarar que su participación no implicaba suscribir las declaraciones finales del encuentro, el gesto dejó en el aire una sensación de ambivalencia. ¿Es pragmatismo inteligente o una preocupante falta de dirección clara?

Llevar a la práctica la afirmación de que somos el socio estratégico de la potencia del Norte implica una coordinación fina que trasciende los discursos de podio. Mientras Paliza gestionaba en Washington apoyos vitales para metas nacionales como la Estrategia RD 2036 y fortalecía lazos con figuras del Capitolio, el envío de un alto funcionario a un foro ideológicamente opuesto proyecta señales mixtas.

En diplomacia, las señales son moneda de cambio; enviar un representante a una cumbre que Washington observa con cautela, mientras se jura lealtad al «principal aliado», puede ser interpretado como un síntoma de fragilidad en la narrativa de Estado.

No se trata de abogar por un aislamiento internacional ni por una sumisión ciega. La República Dominicana, como nación soberana, tiene el derecho y el deber de dialogar con todos los bloques. Sin embargo, la efectividad de una política exterior reside en la previsibilidad. En un mundo que se reconfigura rápidamente bajo tensiones geopolíticas extremas, la ambigüedad suele pagarse cara.

El reto para la administración actual es demostrar que su compromiso con Estados Unidos no es solo retórica electoral o económica, sino una visión de nación que se sostiene incluso cuando las invitaciones de otros litorales ideológicos resultan tentadoras.

Al final, la credibilidad de un país ante sus socios estratégicos no se mide por la cantidad de cumbres a las que asiste, sino por la firmeza con la que mantiene la ruta elegida.

Si Estados Unidos es, en efecto, nuestro aliado fundamental, nuestras acciones en el escenario global deben reflejar esa prioridad sin fisuras. De lo contrario, corremos el riesgo de que nuestra diplomacia sea percibida no como un ejercicio de autonomía, sino como un equilibrismo errático que, en el intento de complacer a todos, termina por debilitar la confianza de quien más nos importa.

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