La ilusión del crecimiento: cuando la macroeconomía no se siente en la mesa

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY

SANTO DOMINGO, RD.- En su alocución de ayer, domingo 22 de marzo, el presidente Luis Abinader volvió a presentar al país un tablero de cifras que, en papel, resultan envidiables: una economía que proyecta crecer un 4.5% este 2026 y una inversión extranjera que toca los 5,000 millones de dólares.

Sin embargo, para el ciudadano que hoy lunes recorre las góndolas del supermercado, estos indicadores parecen escritos en un idioma que no se traduce al momento de pagar la cuenta. Es la ilusión del crecimiento: esa extraña sensación de vivir en una nación que brilla en los foros financieros mundiales, pero que se siente asfixiada en el presupuesto doméstico.

El mandatario no fue esquivo ante el «elefante en la habitación»: el conflicto directo entre Estados Unidos e Irán. Esta guerra, que ha disparado el barril de petróleo por encima de los 110 dólares y ha alterado las rutas de suministro en el Medio Oriente, es el nuevo verdugo de nuestra estabilidad.

Abinader fue honesto al advertir que la isla enfrenta una presión inflacionaria externa inevitable, lo que obliga al Gobierno a movilizar recursos extraordinarios para frenar el impacto en los combustibles y la energía. Pero aquí surge la gran desconexión: mientras el Estado inyecta subsidios para que el golpe no sea «peor», el ciudadano percibe que el aumento en sentido general —desde el transporte hasta los huevos— ya devoró cualquier incremento salarial previo.

¿A quiénes impacta más este escenario? La respuesta es tan cruda como real: a la clase media baja y a los trabajadores informales.

A diferencia de las grandes empresas que pueden transferir costos o de los estratos más altos con capacidad de ahorro, el dominicano común vive al día. Para el 58% de la fuerza laboral que sobrevive en la informalidad, no hay «manejo financiero» que valga cuando el aceite, el arroz y el pollo suben de precio simultáneamente.

El poco ingreso que entra a los bolsillos se ha convertido en una moneda de cambio que pierde valor antes de llegar a la quincena.

Lo que el pueblo espera hoy como «pronto auxilio» no son solo estadísticas macroeconómicas esperanzadoras, sino una intervención directa y focalizada. El discurso presidencial mencionó alivios, pero la calle demanda una vigilancia real de los márgenes de comercialización para evitar la especulación y una ampliación de la red de protección social que sea ágil.

En un país donde la educación financiera es un lujo de pocos, la gente no pide entender el mercado de futuros de Londres o Nueva York; pide que el crecimiento del que tanto se habla se refleje, de una vez por todas, en la cantidad de alimentos que puede comprar con el mismo billete de dos mil pesos.

Estamos en un ciclo de supervivencia económica. Si el Gobierno no logra que la estabilidad macroeconómica «baje» del podio presidencial y se siente a la mesa de los hogares, el crecimiento seguirá siendo percibido como una cifra vacía. En un 2026 marcado por la pólvora geopolítica, la verdadera soberanía de una nación se mide en la capacidad de su gente para llegar a fin de mes con dignidad.

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