La Oposición en el Espejo: Entre la Denuncia y el Recuerdo

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- En este febrero de 2026, la política dominicana presenta una radiografía de contrastes profundos. Mientras el gobierno del PRM celebra avances en el Índice de Percepción de la Corrupción, donde el país ha logrado escalar posiciones significativas desde 2020, la oposición —encabezada por el PLD y la Fuerza del Pueblo— intenta articular un discurso de rescate ético que choca frontalmente con la memoria colectiva y los procesos judiciales en curso.

El Dilema de la Credibilidad

La oposición enfrenta hoy su mayor «sombra»: la falta de autoridad moral percibida por un amplio sector del electorado. Es difícil para el ciudadano común digerir denuncias sobre «compras de dirigentes» o «transfuguismo» cuando estas provienen de organizaciones cuyos principales cuadros han estado vinculados a los mayores expedientes de corrupción administrativa de la historia reciente.

Al atacar la transparencia actual, la oposición camina sobre una cuerda floja. Sus argumentos, aunque a veces señalan fallos reales en la gestión de recursos públicos o repartos políticos en cambios de gabinete, pierden tracción porque la sociedad aún asocia sus siglas con la impunidad que intentó combatirse desde las plazas.

Sombras en el Ataque

La estrategia opositora se ha centrado en amplificar los «ruidos» internos del oficialismo. Denuncian con vehemencia escándalos recientes en instituciones como el ITLA o supuestos aportes forzosos de empleados. Sin embargo, la sombra que proyectan es doble:

  1. La inconsistencia histórica: Critican hoy prácticas que institucionalizaron durante dos décadas.
  2. La ausencia de propuesta: El ataque es reactivo. Se denuncia el escándalo del día, pero no se visualiza un plan de reforma sistémica que supere lo que ellos mismos ejecutaron.

Un Arbitraje Ciudadano Más Exigente

Para el votante de 2026, la transparencia ya no es una promesa electoral, es una exigencia operativa. El gobierno actual, aunque exhibe un Ministerio Público independiente como su gran trofeo, no está libre de manchas. Pero aquí reside la tragedia de la oposición: al no haber renovado sus liderazgos ni hecho un mea culpa sincero, sus denuncias son recibidas más como una táctica de supervivencia política que como un compromiso real con la ética pública.

La radiografía es clara: tenemos una oposición que sabe dónde golpear, pero que no tiene la mano limpia para que el golpe sea letal. Mientras sigan intentando fiscalizar el presente con las herramientas del pasado, su discurso de transparencia seguirá sonando a eco en una habitación vacía. La democracia necesita una oposición fuerte, pero sobre todo, necesita una que sea capaz de sostener la mirada frente al espejo de su propia historia.

 

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