ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción
SANTO DOMINGO, RD.- El municipio de Los Alcarrizos se ha convertido en el termómetro más sensible de la política oficialista en el Gran Santo Domingo. Tras el anuncio de las directrices para el consenso y las primarias internas del Partido Revolucionario Moderno (PRM), lo que antes eran murmullos de pasillo hoy se ha transformado en un pulso abierto por el control del territorio.
El consenso, esa palabra que en política suena a armonía, está poniendo a prueba la madurez de una dirigencia local que se debate entre la disciplina partidaria y la ambición legítima de sus cuadros.

En Los Alcarrizos, la búsqueda de una «fórmula de unidad» no es una tarea sencilla. El PRM enfrenta el reto de gestionar un éxito que, paradójicamente, le complica el tablero: el exceso de aspirantes con perfiles competitivos. Mientras la dirección nacional empuja hacia encuestas y acuerdos que eviten el desgaste de una confrontación fratricida, en las bases del municipio la temperatura sube. El temor no es a la oposición, sino a la percepción de exclusión que pueda generar una decisión tomada desde las alturas que no sintonice con el sentimiento de los barrios.
Este escenario ha reactivado los conflictos internos que latían bajo la superficie. La gestión municipal actual y las figuras emergentes que buscan el relevo se encuentran en una etapa de «guerra fría» táctica.
El riesgo es evidente: un consenso mal gestionado o percibido como una imposición podría dejar heridas abiertas difíciles de sanar antes de la gran cita electoral. En un municipio donde cada voto cuenta y donde la lealtad es un activo volátil, el PRM no puede permitirse el lujo de salir fracturado de su propio proceso de selección.
Lo que está en juego en Los Alcarrizos trasciende las siglas. El ciudadano observa con cautela si sus líderes están más ocupados en negociar cuotas de poder o en resolver las precariedades históricas de la zona.
Cuando la energía política se consume en la aritmética interna de quién va en la boleta y quién se queda fuera, se corre el riesgo de desconectarse de la realidad de un municipio que clama por seguridad, servicios eficientes y una planificación urbana que deje de ser una promesa de campaña.
El consenso auténtico debe ser algo más que un reparto de cargos; debe ser un pacto de gestión. Si el PRM logra que sus aspirantes en Los Alcarrizos entiendan que el proyecto colectivo es mayor que la suma de sus partes, habrá dado un paso gigante hacia la retención de la plaza. Pero si el proceso degenera en resentimientos y brazos caídos, la «unidad» será solo una palabra vacía en un comunicado de prensa.
La realidad del 17 de abril de 2026 nos dice que Los Alcarrizos es hoy el espejo donde se mira el futuro del oficialismo. La capacidad de su dirigencia para anteponer la sensatez al ego determinará si el partido sale fortalecido o si entrega, en bandeja de plata, una oportunidad de oro a una oposición que aguarda agazapada cualquier signo de debilidad. En política, el consenso no se decreta, se construye con la verdad sobre la mesa y el oído puesto en la calle.







