Ormuz: El estrecho que no necesita cerrarse para asfixiarnos

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- En el tablero de la alta política global, hay puntos geográficos que valen más por lo que representan que por lo que son. El Estrecho de Ormuz, esa estrecha franja de agua que separa a Irán de la península arábiga, es el ejemplo perfecto: no es solo una ruta marítima, es la válvula que regula la presión arterial de la economía mundial.

Sin embargo, la gran paradoja de este enclave es que su mayor poder no reside en el despliegue de misiles, sino en la eficacia de su retórica. Hoy, el Estrecho de Ormuz no se cierra con bloqueos navales; se cierra con discursos.

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Estamos asistiendo a la consolidación de la geopolítica del miedo estratégico. En esta dinámica, las acciones militares reales son sustituidas por amenazas calculadas que juegan al borde del conflicto sin llegar a cruzarlo.

Por allí transita cerca de una quinta parte del petróleo que consume el planeta, y los actores en pugna saben que no necesitan hundir un solo buque para doblegar los mercados; basta con una declaración hostil o un movimiento de tropas disuasivo para que los algoritmos de Wall Street disparen el precio del barril.

Esta «economía del pánico» tiene consecuencias inmediatas y dolorosas para naciones como la República Dominicana. Para nosotros, Ormuz no es un punto lejano en el mapa, es una alerta estructural. Como economía altamente dependiente de los combustibles importados, nuestra estabilidad es, en esencia, rehén de la oratoria extranjera.

Cuando el petróleo sube en respuesta a una «línea roja» trazada en el Golfo Pérsico, el efecto dominó en nuestra isla es brutal. Lo sentimos en la inflación que encarece la canasta básica, en los costos del transporte que asfixian a la clase media y en un sistema eléctrico que requiere subsidios millonarios para no colapsar.

En RD, un discurso en Teherán o una advertencia en Washington se traduce, más temprano que tarde, en menos poder adquisitivo para el ciudadano que ya vive bajo el peso de un malestar micro que las cifras macroeconómicas no alcanzan a consolar.

Esta realidad evidencia la fragilidad de nuestro modelo. Mientras el mundo viva bajo el suspenso de las tensiones energéticas, nuestra soberanía económica seguirá pendiendo de un hilo manejado a miles de kilómetros.

La pregunta que surge es obligatoria: ¿Cuánto tiempo más puede una nación como la nuestra depender de equilibrios geopolíticos que no controla y de una energía que no produce?

El verdadero peligro de Ormuz no es el estallido de una guerra total que nadie parece querer, sino el mantenimiento de una crisis perpetua que mantiene los precios artificialmente altos. El estrecho seguirá abierto, probablemente, porque a nadie le conviene el colapso absoluto; pero el daño ya está hecho.

La lección es clara: en la geopolítica del siglo XXI, las amenazas bien posicionadas son tan efectivas como las acciones reales.

No es si el estrecho se cierra hoy o mañana; la tragedia es que, cada vez que se amenaza con cerrarlo, el dominicano común ya está pagando el precio. En esta guerra de palabras, la factura siempre llega antes que la primera bala.

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