ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- En el complejo ajedrez de la geopolítica mundial, existen lugares que parecen distantes pero que, en la práctica, están conectados directamente a nuestro presupuesto familiar.
El Estrecho de Ormuz, esa angosta franja de agua por donde transita casi el 20% del petróleo del planeta, es hoy el epicentro de una crisis que no necesita de explosiones reales para hacernos daño. En la era de la hiperconectividad, el miedo es un activo que se cotiza, y nosotros lo estamos pagando caro.
La situación actual en el Estrecho es de una pausa tensa. No ha habido un cierre formal, pero el mercado ya ha dictado su sentencia: el riesgo es real. Mientras Irán mantiene su amenaza implícita y EE. UU. refuerza su presencia militar, el mundo asiste a una escalada de advertencias cruzadas que, aunque no derivan en una guerra abierta, bastan para disparar los precios. El petróleo, lo sabemos bien, se mueve por expectativas, y hoy la expectativa es de incertidumbre.
Este escenario ha profundizado la fractura política en Washington. Mientras Donald Trump presiona por una disuasión agresiva —dejando incluso la opción militar sobre la mesa—, sectores del Senado, tanto demócratas como republicanos tradicionales, actúan con una cautela pragmática. No quieren otra escalada en Medio Oriente en un año políticamente sensible ni un impacto económico que termine de descarrilar la estabilidad global. Sin embargo, ese pulso interno en la potencia del norte solo añade más volatilidad al barril.

¿Cómo nos afecta esto en República Dominicana?
La respuesta es tan sencilla como dolorosa: somos rehenes de una geografía que no controlamos. Como importadores netos de hidrocarburos, cada dólar que sube el petróleo por el «miedo» en Ormuz es una presión directa sobre nuestras finanzas públicas.
El Gobierno dominicano se encuentra hoy ante un dilema de hierro: mantener los subsidios a costa de un mayor déficit fiscal o traspasar el alza a la población, asumiendo el costo político de una inflación que golpea con más fuerza a la clase media y a los sectores vulnerables.
Pero el impacto no se detiene en la estación de combustible. El aumento de los seguros marítimos y los costos logísticos globales terminan encareciendo desde el transporte de alimentos hasta los insumos básicos. Incluso nuestro sector turístico, el motor de la economía, mira de reojo este conflicto; la incertidumbre global y el encarecimiento de los pasajes aéreos son enemigos silenciosos de la llegada de visitantes.
La gran lección que nos deja esta crisis es la de nuestra propia vulnerabilidad estructural. República Dominicana no tiene voz ni voto en lo que ocurre en el Golfo Pérsico, pero paga puntualmente cada tensión, cada discurso y cada movimiento de tropas en esa zona.
En definitiva, Ormuz no necesita cerrarse para asfixiarnos; basta con que se perciba en peligro para que nuestra economía sienta el rigor.
Es la geopolítica del siglo XXI: una guerra de nervios donde las balas no han salido de los cañones, pero el impacto económico ya ha llegado a nuestras casas. Mientras el mundo siga dependiendo de equilibrios tan frágiles, el dominicano común seguirá pagando un «impuesto invisible» por conflictos que ocurren a miles de kilómetros de su frontera.







