ELLOS OPINAN RD
Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)
SANTO DOMINGO, RD.- En este ecuador de mayo de 2026, la República Dominicana parece transitar por una autopista de doble vía interpretativa. Mientras las tribunas oficiales sostienen un discurso de estabilidad y los indicadores macroeconómicos se exhiben como trofeos de gestión, en las aceras del país late una realidad mucho más compleja y punzante.
Hoy, la sociedad dominicana se encuentra arropada por una trilogía de preocupaciones estructurales que no admiten tregua ni maquillaje estadístico: el alto costo de la vida, la persistente tragedia de los feminicidios y una seguridad ciudadana que sigue siendo la gran asignatura pendiente de nuestra vida democrática.

La economía doméstica se ha convertido en un ejercicio diario de malabarismo. Aunque los manuales técnicos hablen de una inflación controlada, el bolsillo de la clase media y de los sectores menos favorecidos experimenta un ahogo silencioso pero constante.
Los ingresos nominales se han vuelto rígidos frente a un carrito del supermercado que no para de encarecerse, impulsado por factores externos que nos recuerdan nuestra fragilidad.
El conflicto latente en el Medio Oriente y las restricciones en el Estrecho de Ormuz no son ruidos geopolíticos lejanos; son impactos directos que encarecen los fletes de importación y mantienen bajo una presión asfixiante los precios de los combustibles y el subsidio eléctrico estatal, elevando de paso una deuda pública que compromete el margen de maniobra de las futuras generaciones.

A esta presión material se suma el miedo que altera la convivencia. La seguridad ciudadana continúa en el epicentro del debate público, donde la percepción de vulnerabilidad en las calles desmiente con frecuencia los boletines oficiales de la reforma policial.
Caminar por el barrio o regresar del trabajo se ha vuelto una ruleta rusa de incertidumbre. Pero si la violencia callejera alarma, la violencia íntima desgarra el tejido social: la ola de feminicidios que sigue registrándose en el país evidencia que las políticas de prevención y los ministerios encargados siguen llegando tarde a las casas donde se gesta la tragedia. No es un problema de leyes, sino de una profunda desconexión institucional para proteger la vida de las mujeres vulnerables.
Desde la óptica de las ciencias políticas y la administración pública, gobernar en tiempos de incertidumbre global exige algo más que administrar apariencias o reaccionar ante la coyuntura del día. El verdadero reto del liderazgo nacional es cerrar la brecha entre el país que se proyecta en los gráficos macroeconómicos y el país real que se sufre en el presupuesto familiar y en la inseguridad de los hogares. Cuando las preocupaciones fundamentales de la gente se postergan en el altar de la inmediatez o del debate partidario, la legitimidad del sistema empieza a erosionarse.
El balance de este período nos obliga a exigir una mirada de Estado que sea honesta con sus debilidades. La República Dominicana es un país resiliente y hermoso, pero esa resiliencia no debe ser una excusa para la autocomplacencia oficial.
La paz social de una nación no se sostiene de forma indefinida sobre el lomo de una clase trabajadora fatigada por la carestía y temerosa de su propia seguridad. Es hora de pasar de la gestión de las crisis a la resolución de sus causas, porque al final del camino, el éxito de un Gobierno no se mide por el tamaño de su deuda o la brillantez de su PIB, sino por la tranquilidad con la que una familia puede sentarse a la mesa y caminar por sus calles.







