El costo de un petróleo ajeno y un presupuesto bajo fuego

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ELLOS OPINAN RD

Por: Leticia Rosario Monción (LETTY)

SANTO DOMINGO, RD.- En la República Dominicana de hoy, el surtidor de la estación de combustible se ha convertido en el barómetro más sensible de la realidad nacional. No es para menos.

Durante su reciente participación en la conferencia-diálogo “Un Presidente Economista”, celebrada en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (Intec), el presidente Luis Abinader puso sobre la mesa las cartas de una cruda realidad matemática y geopolítica que obliga al Gobierno a reconfigurar la ingeniería de sus finanzas públicas: los precios de los hidrocarburos en nuestro territorio son el resultado directo de una tormenta perfecta que combina nuestra dependencia absoluta del exterior, un esquema tributario rígido y los vientos de guerra que soplan en el Medio Oriente.

El mandatario desnudó el meollo de nuestra vulnerabilidad al recordar que la República Dominicana no produce una sola gota del petróleo que consume. Importamos la totalidad de nuestra demanda energética, dividida entre un 35% de crudo para refinar y un 65% de productos terminados en forma líquida.

Esta condición de importador neto nos convierte en espectadores cautivos de la crisis bélica entre Estados Unidos e Irán. Cuando las tensiones se disparan a miles de kilómetros de nuestras costas, el impacto es inmediato en el Presupuesto Nacional.

El diseño presupuestario estatal contemplaba un barril de petróleo proyectado a 65 dólares; sin embargo, la realidad de los mercados internacionales lo ha empujado sobre los 102 dólares, alcanzando picos alarmantes de hasta 114 dólares por barril.

Frente a este incremento de casi el 80% en el costo de la materia prima, el análisis desde la administración pública nos revela un dilema de hierro para el Poder Ejecutivo. Traspasar de forma íntegra este choque externo al consumidor congelaría la paz social y dispararía la inflación interna a niveles inasumibles.

La estrategia oficial ha sido la contención: mientras el crudo casi se duplicó en los mercados internacionales, los precios internos se han incrementado de manera controlada en un 15%, un amortiguamiento que se sostiene gracias a un millonario programa de subsidios estatales que, inevitablemente, presiona el gasto público y obliga a realizar recortes y transferencias en otras áreas del presupuesto.

Sin embargo, el factor que genera el malestar micro en la ciudadanía y en los gremios no radica solo en la inflación importada, sino en el peso específico de los impuestos locales. La estructura de precios de los combustibles en el país carga con un porcentaje impositivo históricamente alto que encarece de manera fija el producto final.

Al día de hoy, el consumidor dominicano se enfrenta en las bombas a precios históricos: la gasolina Premium se cotiza a RD$331.10; la Regular a RD$305.50; el Gasoil Óptimo a RD$283.10; el Regular a RD$257.80; mientras que el GLP se sitúa en RD$137.20 y el Gas Natural en RD$43.97 por metro cúbico. Estas cifras evidencian que el combustible en República Dominicana funciona no solo como un insumo productivo, sino como una de las principales herramientas de recaudación fiscal del Estado.

El panorama planteado en el foro académico de Intec nos invita a una reflexión que va más allá de la coyuntura. La explicación económica del mandatario es técnicamente irrefutable: estamos pagando las consecuencias de una crisis internacional combinada con nuestra matriz fiscal.

El gran reto para el liderazgo nacional en este tramo del 2026 no es solo justificar el alto costo actual mediante la narrativa de la resiliencia y el subsidio, sino acelerar los planes de transición hacia energías renovables que rompan, de una vez por todas, este cordón umbilical que nos ata a los discursos extranjeros. Mientras la matriz de transporte dependa de los hidrocarburos, el bolsillo de la clase media y el presupuesto del pobre seguirán expuestos a que una chispa en el Medio Oriente termine por incendiar las finanzas de sus hogares.

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